En Ecuador, el problema de la energía eléctrica no es nuevo, pero en los últimos años se ha vuelto cada vez más evidente. El sistema eléctrico nacional depende en gran medida de la generación hidroeléctrica, lo que implica que la disponibilidad de electricidad está fuertemente condicionada por el comportamiento hidrológico de ríos y embalses. Esta estructura ha sido identificada como un factor de vulnerabilidad sistémica, especialmente frente a eventos climáticos extremos y a la variabilidad interanual de las lluvias [1]. La electricidad que usamos a diario parece invisible, pero detrás de cada foco encendido existe un sistema frágil que depende, en gran medida, de algo tan impredecible como la lluvia. Hidroeléctrica de Mazar. Fuente: Ecuavia Hidroeléctrica Coca-Codo Sinclair. Fuente: Primicias Dependencia climática del sistema eléctrico La matriz energética ecuatoriana ha priorizado históricamente la hidroelectricidad por su carácter renovable y por los bajos costos operativos una vez construida la infraestructura. Sin embargo, diversos estudios técnicos han señalado que una alta concentración en fuentes hídricas introduce riesgos significativos de confiabilidad, particularmente durante periodos de estiaje prolongado [1]. Cuando las lluvias disminuyen, los niveles de los embalses caen y la capacidad de generación se reduce, obligando al sistema a operar con márgenes muy estrechos o a recurrir a generación térmica de emergencia, generalmente más costosa y contaminante. Este comportamiento pone en evidencia una dependencia directa del clima, que limita la resiliencia del sistema eléctrico nacional [2]. Cuando la mayor parte de la energía depende del agua, cualquier variación en el clima se traduce directamente en un riesgo para la estabilidad del suministro eléctrico. El rol de los embalses: el caso Mazar Las centrales hidroeléctricas con embalse, como Mazar, funcionan como grandes reservorios de energía potencial. Durante épocas lluviosas, el embalse se llena y permite almacenar agua para su uso posterior; durante el estiaje, ese volumen almacenado se utiliza para sostener la generación eléctrica. En diciembre de 2025, varios reportes periodísticos alertaron sobre una caída sostenida en el nivel del embalse de Mazar, lo que reavivó el debate sobre la fragilidad del sistema eléctrico ecuatoriano frente a escenarios climáticos adversos [3]. Aunque no se declararon apagones, los análisis coincidieron en que el sistema seguía expuesto a riesgos estructurales si las lluvias no se recuperaban [3]. Esto pone en evidencia un problema estructural de dependencia climática que ha sido observado tanto en estudios técnicos como en evaluaciones recientes del desempeño del sistema energético del país [1][3]. Los embalses funcionan como el “seguro” del sistema eléctrico, pero cuando se vacían, ese respaldo desaparece rápidamente. El embalse de Mazar bajó 10 metros por la falta de lluvias en Cuenca y el Austro Este contenido ha sido publicado originalmente por EL COMERCIO. Si vas a hacer uso del mismo, por favor, cita la fuente y haz un enlace hacia la nota original en la dirección: https://www.elcomercio.com/actualidad/negocios/embalse-mazar-bajo-10-metros-lluvias-cuenca-austro/ Riesgo de cortes eléctricos: advertencias recientes A finales de 2025, distintos análisis de prensa y expertos del sector coincidieron en que, si bien las condiciones hidrológicas habían mejorado de forma puntual, el riesgo de nuevos cortes eléctricos no había desaparecido. Algunos escenarios planteaban que, de mantenerse una hidrología desfavorable, podrían presentarse restricciones en el suministro eléctrico a inicios de 2026 [4]. Los medios subrayaron que el sistema logró sostener la operación gracias a lluvias ocasionales y a medidas operativas, pero también advirtieron que estas soluciones eran coyunturales y no atacaban el problema de fondo: una matriz energética poco diversificada y altamente dependiente del clima [4][5]. Evitar apagones en un momento puntual no significa haber eliminado el riesgo, sino haberlo postergado en un sistema que sigue siendo estructuralmente vulnerable. Crecimiento de la demanda y limitaciones de inversión A la dependencia climática se suma un segundo desafío estructural: el crecimiento sostenido de la demanda eléctrica. El aumento del consumo residencial, comercial e industrial ha incrementado la presión sobre la infraestructura existente. Aunque la capacidad instalada ha aumentado, diversos análisis indican que no lo ha hecho al mismo ritmo que la demanda, reduciendo el margen de seguridad del sistema [6]. Adicionalmente, las inversiones necesarias en nueva generación e infraestructura eléctrica no se han ejecutado al ritmo planificado, en gran parte debido a restricciones fiscales y financieras del Estado. Esto limita la capacidad del sistema para responder adecuadamente ante eventos climáticos adversos o picos de consumo [6]. Los medios subrayaron que el sistema logró sostener la operación gracias a lluvias ocasionales y a medidas operativas, pero también advirtieron que estas soluciones eran coyunturales y no atacaban el problema de fondo: una matriz energética poco diversificada y altamente dependiente del clima [4][5]. Cada año Ecuador consume más electricidad, pero la capacidad del sistema no crece con la misma velocidad, reduciendo el margen de seguridad energética. Inversión proyectada pero no cumplida, por el Ministerio de Energía Y Recursos Naturales No Renovables entre 2024 a 2028. Fuente: Dirección de Análisis y Prospectiva Electrica Energía solar fotovoltaica como complemento estratégico En este contexto, la energía solar fotovoltaica surge como una alternativa estratégica para fortalecer la resiliencia del sistema eléctrico ecuatoriano. A diferencia de la hidroelectricidad, la generación solar no depende de las lluvias ni del nivel de los embalses, lo que la hace especialmente valiosa durante periodos de sequía. La incorporación de sistemas fotovoltaicos en viviendas, comercios e industrias permite reducir la demanda sobre la red eléctrica, disminuir la exposición a posibles cortes y generar ahorros económicos a largo plazo. Estudios recientes destacan que la generación distribuida puede desempeñar un rol clave en sistemas eléctricos con alta penetración hidroeléctrica [1][2]. Diversificar no es reemplazar, es fortalecer: Cuando el agua escasea, el sol no solo es una alternativa, se convierte en un aliado energético clave para la estabilidad del sistema. No se trata de sustituir las hidroeléctricas, que continúan siendo un pilar fundamental del sistema eléctrico ecuatoriano, sino de complementarlas. La diversificación de la matriz energética mejora la confiabilidad del suministro, reduce la vulnerabilidad ante eventos climáticos extremos y permite una planificación energética más robusta y sostenible. En un escenario marcado por el cambio climático y el crecimiento continuo de